Los quince años de mi amigo el desempleado

Desempleado es una palabra que hoy en día merece una atención especial por todo lo que supone, por lo que arrastra detrás, aunque básicamente todo lo que conlleva se podría resumir en dos términos Problemas y Soluciones. 
No, este post no trata sobre la superación, más bien trata de la realidad de un amigo desempleado con el que quedé el otro día a tomar un café.

Hace casi ocho meses despidieron a mi amigo. El hombre llevaba quince años en la empresa. Quince años dejándose la piel en su trabajo, haciendo las cosas bien y mal, aprendiendo de los errores cuando se equivocaba y mejorando su capacidad resolutiva con la experiencia. Quince años con una actitud inmejorable e instruyéndose en habilidades y competencias con formaciones que recibía. Quince años donde su persona iba creciendo personal y profesionalmente. Quince años en los que la empresa-siempre me pagó cada mes puntualmente-me dijo.

Quince años terminando los objetivos encomendados y gestionando con profesionalidad los siguientes. Quince años de los que los últimos los pasó casi apagando fuegos, es decir, según él, tenía tal volumen de trabajo que con los recortes de personal no podía realizar sus funciones como le hubiese gustado e iba apagando fuegos en función de las prioridades. Quince años en los que no le importó hacer más horas que un reloj porque la empresa lo necesitaba. Quince años en los que como todos los empleados de este país, tuvo momentos para recordar toda la vida e instantes para olvidar pasados dos minutos. Quince años en los que había temporadas que la exigencia del puesto que ocupaba le dejaba sin dormir muchas noches, dando vueltas de un lado a otro de la cama y levantándose constantemente porque su cabeza no hacía más que darle vueltas a muchos asuntos. 

Quince años en los que la gota colmó el vaso en muchas ocasiones pero mi amigo le pegaba un trago y volvía al tajo como si se hubiera bebido un jarabe de calcio. Quince años en los que la preocupación por terminar sus tareas en el plazo fijado, le hacían padecer estrés, en los que la presión (necesaria en cualquier empleo bien aplicada) le generaba ansiedad y llegaba un momento en el que esta presión se convertía en una rutina diaria donde el efecto se diluía igual que lo hacía un azucarillo en el café. Quince años donde a pesar de todo y de muchos, mi amigo me comentaba que la balanza de su historia siempre se decantó del lado positivo -porque el lado negativo poco ayuda- me comentaba. Quince años en los que luchó porque su familia saliera adelante sin grandes dispendios y con mucha humildad -no necesito más- argumentaba. 

Quince años donde conoció a un montón de gente y aprendió mucho de algunos y muy poco de otros. Quince años en los que diariamente se relacionaba tomando café, preguntando por los niños y todas esas cosas que uno pregunta a su compañero/a de trabajo. Donde descubrió la cantidad de personas que aparentan ser y luego no son lo que aparentan. Quince años dando los buenos días y las buenas tardes, diciendo -me voy de vacaciones o feliz año nuevo- y preguntando ¿Cómo estás? o ¿Te encuentras bien? Quince años de trabajo, de risas y lamentos, de historia. Quince años que se convirtieron en ceniza, en tiempo, en recuerdos y en una cifra… 


-Y ahora a volver a empezar amigo- me dijo. Supe por su mirada y su sonrisa que tenía delante de mí a un luchador nato. Se levantó y se fue con paso firme y erguido y esa seguridad me tranquilizó un instante fugaz…

¿Conoces a alquien como mi amigo el desempleado?

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