Encuentros que emocionan

Gracias a mi trabajo, todos los días tengo la oportunidad de hablar, atender,
dialogar y en definitiva, de cambiar impresiones y sensaciones con multitud de
personas. Si tuviera que llegar a una conclusión después de esta experiencia
diaria, sería la de que la mayoría de la gente es educada y cordial, los individuos que no lo son, acaparan un porcentaje mínimo en esta estadística.
Atendemos a gente de todo tipo, edad o nacionalidad. Jóvenes que se cuidan
mucho, otros que no lo hacen tanto, bien vestidos o desaliñados. Adultos, normalmente en pareja o con niños, también algunos van solos. Todo esto hace un abanico muy amplio de clientes, hombres y mujeres, niños y adolescentes, todos distintos, ninguno igual a otro. Pero todos tienen algo en común, generan una corriente de energía, casi siempre positiva y muy rica en matices. Miradas que iluminan a su paso momentos sombríos, sonrisas que hacen que un día duro se convierta instantáneamente en una jornada más fácil y llevadera, gestos que evidencian educación, palabras sencillas que reconfortan y perfumes que trasladan tus sentidos a otro universo.
Y así, el otro día, unos clientes me preguntaron por unos productos, eran un par de gemelos, creo que tendrían 25 o 26 años y llevaban un par de cestas con muchos artículos. Les acompañaban lo que seguramente eran sus parejas (cuando estás cara al público puedes suponer pero eso no te garantiza que vayas a acertar lo que estás pensando) eran algo más jóvenes, y portaban un carro con un niño. Me dio la impresión de que la chica que portaba el carrito tenía dificultades para andar bien y de que el brazo izquierdo no tenía una buena disposición. Acabé de atenderlos, tuve muy buen feeling con ellos desde el principio y como me gustan los niños, decidí saludar al pequeño.
Tenía tres años y era un niño bastante rubio, le pregunté el nombre pero el chaval no me pudo contestar. Íker -me dijo su madre, la criatura movió la cabeza reconociendo la voz de su madre y levantó un poco la mano. Me quedé embobado con Íker, le acaricié el pelo. Y ahí estaba yo, delante del niño, emocionado con la ternura que provocaba y con los gemelos y la chica mirándome como si vieran algo extraordinario. Las palabras se ahogaban en mi garganta y se me puso un nudo en el estómago. Una fuerte emoción recorrió mi cuerpo. Me gustan los niños -les dije. Se nota -me contestó uno de ellos. Todos me miraban como agradeciendo el gesto (no tiene nada de extraordinario bromear con un niño y dedicarle un poco de tu tiempo) pero logré atisbar lágrimas en la madre de Íker que por un lado me desconcertaron y por otro me reconfortaron. Me estaba dando las gracias con su mirada.
Un gesto sencillo generó una enorme gratitud. Fue un buen día.


El blog de Miguel Ángel García

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