El inigualable valor de una Biblioteca

Candida Höfer. Biblioteca Real de Madrid
 
Una buena manera de pasar el tiempo libre es la de ir a la biblioteca; ya sea la del colegio, la de tu barrio, la de tu pueblo o las de tu ciudad. En las bibliotecas de las universidades se gesta gran parte de la genialidad y de la sabiduría de una sociedad. Aunque hoy en día muchos dirían que el futuro que les espera es el mismo…es decir pocas oportunidades labolares, lo cierto es que hay estadísticas que indican que el 60.4% de los universitarios encuentran trabajo antes de un año, Estudio observatorio de empleo de la UAM.

Pero el hábito de la lectura y de la inquietud por el conocimiento empieza a practicarse desde el inicio de nuestra vida. Ver como un bebé de unos meses enseguida conoce la voz de sus padres o escucha la música de un carrusel y se emociona o relaja para dormirse, denota la capacidad del ser humano por aprender, investigar y conocer todo aquello que le rodea.

Pero volvamos a nuestra biblioteca. Es como mínimo alentador, que al entrar a una biblioteca, normalmente haya un silencio sepulcral, a pesar de la cantidad de gente que puede haber en ella. Unos están buscando libros sobre temas que les interesan, otros estudian, algunos leen tranquilamente y también los hay que analizan información en los ordenadores.

Entrar en un edificio repleto de miles o millones de libros y notar el paso del tiempo en todos esos volúmenes, imbuirse en el ambiente, oler y percibir todos los matices posibles es una sensación magnífica.

Asimismo, te preguntas por la cantidad de manos por las que habrán pasado a lo largo de su historia, desde que su autor los escribiera, todas esas vicisitudes por las que han transitado, de una familia a otra, a amigos, a trasladarse de ciudad, sobrevivir a conflictos y guerras, al odio a la cultura y a la imposición y la censura de muchos personajes a lo largo de la historia, le dan un valor incalculable a esos libros. Y muchos de ellos “han sobrevivido” gracias al tesón y a la valentía de personas que se jugaron la vida por ello, otros fueron donados y también los hay que fueron adquiridos. Pero todos por un motivo u otro están allí. 

Hay edificios en los que nada más entrar, parece que los libros te susurren, te hablen o te llamen. A veces entras con una idea en la cabeza de lo que quieres leer o llevarte prestado pero acabas guiado porque sí hacia un rincón al que no habrías llegado nunca por ti mismo. Vas pensando en una cosa, luego se te ocurre otra y al final acabas delante de una estantería y te preguntas-¿qué hago yo aquí?, no obstante (y por supuesto) le echas una ojeada a los ejemplares que tienes delante. ¡Y ahí está!, un texto que no andabas buscando pero que él te ha encontrado. A veces dicen que son los libros los que encuentran a sus lectores.






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